La potencia mundial, que durante décadas señaló con “superioridad moral” a regímenes personalistas como Irán o Corea del Norte, acaba de ofrecer una postal difícil de ignorar. En las últimas horas se anunció una edición oficial del pasaporte con la imagen del presidente Donald Trump.
El gesto, presentado como “homenaje patriótico”, remite más al culto a la personalidad que a la liturgia republicana que Washington suele predicar puertas afuera. Para los argentinos, la escena trae a la memoria las zapatillas del exgobernador bonaerense Carlos Ruckauf.
Cuando una democracia necesita estampar el rostro de su líder en sus documentos más simbólicos, la frontera entre institucionalidad y propaganda empieza a volverse inquietantemente difusa.

